pájaros descompuestos

miércoles 2 de diciembre de 2009

Premios

Rubén Nájera, quien se identifica como dramaturgo, ganó con el poemario Las aguas del olvido el V premio mesoamericano de poesía Luis Cardoza y Aragón, auspiciado por la embajada de México en Guatemala. El poemario tiene textos valiosos, pero son más los que resultan demasiado sosos, lentos. También existe en ellos un aire naturalista realista, enfrascado en descripciones minuciosas. Aún hace uso excesivo del hipérbaton, lo que relega a los versos violentos. El premio fue entregado la semana pasada y el texto está editado con Editorial Cultura.

En el mismo escenario: el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón, se hizo entrega del Premio de Novela Corta Luis de Lión a Byron Quiñónez, por su novela Aquí siempre es de noche. Habrá que leerla.

sábado 28 de noviembre de 2009

A modo de despedida: Whitman

Vale ponerse cursi: una etapa de mi vida terminó (un lugar común absurdamente melancólico, pero en fin), como terminó esa etapa en la vida de gente con la que durante cinco años viví. Conocí. Terminó la cercanía de la cotidianidad. La presión del próximo examen y las burlas que hacíamos de algunos profesores. Suena poco. De hecho, es algo que a cualquiera le pasa. La importancia –poca, mucha, ninguna– que le den al hecho no demerita la certeza de un cambio único en nuestras vidas.

A propósito, releí un poema de Whitman que me pareció oportuno, del que cito un fragmento. Lo saqué de internet, por su inmediatez (www.amediavoz.com) y vale decir que por ustedes, amigos, se icen banderas y los clarines clamen. Que sean para ustedes los ramos, las coronas, las cintas. Que la multitud se arremoline, llore al verlos terminar este viaje. Felicitaciones. No tengo mucho más que decir, quizá porque sea tanto lo que haya que decir que sería absurdo tratar de resumirlo en un par de líneas. Los recordaré a todos.

"Oh Capitán, mi Capitán:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado.
Ya el puerto se halla próximo,
ya se oye la campana
y ver se puede el pueblo que entre vítores,
con la mirada sigue la nao soberana.

Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,
cómo los hilos rojos van rodando
sobre el puente en el cual mi Capitán
permanece extendido, helado y muerto?

Oh Capitán, mi Capitán:
levántate aguerrido y escucha cual te llaman
tropeles de campanas.
Por ti se izan banderas y los clarines claman.
Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.

Por ti la multitud se arremolina,
por ti llora, por ti su alma llamea
y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.
(...)
Anclada está la nave: su ruta ha concluido.
Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.
La nave ya ha vencido la furia del oleaje.
Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas
en tanto que camino con paso triste, incierto,
por el puente do está mi Capitán
para siempre extendido, helado y muerto".

viernes 27 de noviembre de 2009

Un volcán de fotos

Un volcán de fotos. Apenas se disipa la noche. Suena un radio tocando algo viejo. Cualquier cosa. Gardel o José José. No importa. Tocan la puerta sin que alguien abra. La calle está lejos de parecerse a dios. La vida es una pluma que cae hacia algún sitio que arde. Un volcán de fotos en una pira. Las imágenes no ayudan. No dicen mucho. Un grupo de personas fingiendo sonreír y viendo a la cámara. En ese momento pensaron ser felices. La memoria falla. Al fondo, un cerro azul en el que una familia podría vivir feliz por siempre. El sol cae en alguna otra. En otra, una niña de bonita sonrisa parece interesarse en la lectura. El pasado es una hoja de papel con tinta. Un cuaderno inconcluso.

El fuego espera: humo.

Fotografía: Bill Brandt, El hogar.

domingo 22 de noviembre de 2009

Borges

De hablar de Borges, hace unos días soñé que venía a Guatemala. Lo encontré en la librería SOPHOS y hablaba de La invención de Morel y de la obra de Henry James. Nunca recuerdo los sueños luego de unos minutos de haber despertado. Los leo de una especie de diario de sueños que llevo desde unos años. Un vicio. Una costumbre malsana y caprichosa. Por eso, no puedo decir que el título de Bioy o que las palabras sobre Henry James, o que el sueño mismo sean ciertos.

jueves 1 de octubre de 2009

Intruso

La habitación parece estar vacía. El techo la hace parecer más pequeña. El tambor pálido de la lluvia. La tarde cae. Sobre el escritorio se apilaban unos libros: La invención de Morel, Poemas de Miguel Hernández, El arte de la fuga y Maqroll. A excepción de un libro de Valéry, todos eran de autores nacidos en América Latina, como él, pensó Juan. Siguió caminando, bastaba recorrer con paso lento los tres metros que la comprendían. La computadora tenía polvo. No había llegado allí a encender la computadora ni a leer los títulos de los libros, así que se sentó sin mirar para atrás. Tenía hambre, pero recordó que el hambre era necesaria. Sintió un hálito de vida bajo sus pies. Le vino a la cabeza algo que había leído en un libro de cuentos de Saroyan: “Todas las cosas eternas en nuestras palabras”. Eso le hizo pensar en algo parecido a la felicidad, una felicidad inconcreta. Irreal. Casi inexistente. Al ahondar mucho, mucho dentro del hambre quizá se había concretado un poco de comprensión. No había que perder el tiempo. Sin embargo, abrió uno de los libros que no podía comprar. Se sentó. En el suelo había una pequeña pila de periódicos tan recientes como viejos. Las noticias no eran indiferentes, sino que estaban lejos de la verdadera realidad. Lejos de cualquier cosa que pudiera importar. Vio el reloj: ya quedaba poco tiempo así que se decidió a hacerlo de una vez. “nunca más” pensó, pero sintió los pasos de alguien que se aproximaba tras la puerta: ya no podía hacer nada. Los segundos subsecuentes fueron confusos. Sintió aproximarse los pasos, el dueño seguramente metía la llave en el cerrojo. Al voltear, la puerta ya estaba abierta y su rostro, imponente, se dibujaba con un gesto parecido a una sonrisa.

lunes 24 de agosto de 2009

Borges: el lento crepúsculo



Hoy se cumplen 110 del nacimiento de Joge Luis Borges.

Es decir, hace 110 años que el mundo conoce a Borges.

Uno lo sabe detrás de los estantes de la Biblioteca de Babel. Escudriñando refundido sus idiomas, sus circunferencias, su música.

A los diez años hizo su primera traducción. Luego escribió un manual de animales fantásticos, fruto de la sorpresa de la literatura. Sorpresa que perduró hasta el último día de su vida. Lo imagino sorprendiéndose aún con la relectura de The Paradise Lost, o repasando La Divina Comedia en el italiano que Dante le enseñó. Borges: lector universal.

Piglia lo describe en el primer capítulo de El último lector. Aquel viejo, casi ciego ya, que trata de descifrar lo que dice un libro que tiene ‘Pegado al rostro’ en una biblioteca de México. Un mito.


En otro libro de Piglia –Respiración artificial– se sostiene que Borges es un escritor del siglo XIX nacido en el siglo XX. Y que el primer escritor moderno de América es Arlt. Tal vez sea cierto, pero a Borges se le debe mucho. Es el escritor hispanoamericano más universal del siglo XX, independientemente de las supuestas deudas morales que aún se le reclaman. Le debemos a él, el haber descubierto la broma literaria. La apuesta de manos llenas por la ficción. El amor puro por la literatura. Literatura, en fin.


Uno no es quien para juzgarlo, pero quizás esté hoy deambulando con su presencia tranquila, como un fantasma, por la biblioteca infinita que soñó como paraíso –o infierno–. Quizás hasta pueda hablar con Lugones y Homero, o aquellos extraños guardianes de la Biblioteca de Babel que presintió. Viendo vacía la banca que estaba en Boston y en Ginebra. Caminando por Tlön o inventando nuevos libros. Escribiendo, al fin, la novela infinita de su vida, el "lento crepúsculo de su vida". Diciendo que todo lo que tiene que decir cabe en un cuento.

lunes 17 de agosto de 2009

Regreso

Recorro de nuevo la carretera que lleva a El Jícaro. Por primera vez significa tanto para mí un cementerio, una rosario, una cruz de madera, un ramo de flores. La tierra es caliente, árida; el bosque seco y espinoso. Pude ver cambiar la entrada al pueblo desde que fui niño. Recuerdo que para entrar, había que esperar la canoa de Miguel, que hacía viajes cortos de una a otra rivera como pasando el Aqueronte no del infierno, sino de un paraíso con clima infernal. Recordé Comala.

Las calles hirvientes fueron las mismas que me vieron ir a la escuela por primera vez. Las que me vieron caminar hacia la iglesia de la mano de mi abuela, y las que volvieron a verme caminar hacia la misma iglesia, cargando su féretro.

Allá no nacen flores –al menos, no de las que pone la gente frente a las tumbas–. Para llorar y adornar a sus muertos, la gente hace flores de papel y complementa los arreglos con hojas de limonario, un arbusto que siempre es verde. Llegamos media mañana y no pasamos a la casa, sino a la tumba. Allá nos esperaba ella, aunque debo admitir que estaba más bien confundido y triste porque su ausencia era más cercana en el lugar donde me despedí de su caja.

Llevamos flores del mercado de Mixco. En un acto mecánico, desespinamos las rosas, las pusimos en la jardinera y las regamos con el agua que llevábamos (tampoco había agua). A ella siempre le gustó diferenciarse de las personas por una ventaja. Un adorno que saliera de lo común. Le gustaba que la gente preguntara por su origen y sus nietos. Cuando llegó a El Jícaro por penúltima vez lo hizo con un sombrero de paseo y lentes oscuros, para Semana Santa. La última vez regresó de forma definitiva en el carro de una funeraria.

Cuando salí de mi pueblo para estudiar en Guatemala en el Subaru viejo de mi padre, lo hice con la certeza de que un día regresaría. Hoy la he perdido, me da miedo pensar que sólo podré regresar vestido de madera, o quizá ni así.

A donde sea que vaya, perteneceré a El Jícaro. Ahora estoy convencido de que esa es una de las pocas certezas que puedo tener respecto a mi futuro. La otra es la certeza de mi muerte. La Diega, que me cargó y me crió cuando era menos que niño (me criaron muchas mujeres) me preguntó cuándo regresaría “de una vez”. Entonces sentí el miedo que se siente al pensar en el propio funeral. “Ay Diega, no sé”, respondí, y la abracé para despedirme.

martes 28 de julio de 2009

Ak'abal

Es interesante que pocas personas hablen de Ak’abal. Es decir, hablar críticamente. No es mi intención hacer un estudio sobre su obra. De hecho leerlo me interesa poco. Sin embargo, considero que ya es pertinente estudiarlo de forma crítica ya que esa línea purista y naturalista de poesía rescatada con una calidad indiscutible por Luis Alfredo Arango (autor al que Ak’abal ni siquiera reconoce, que menciona poco y el cual fue su maestro) se vino abajo con la exageración de los valores estéticos que la identificaban. El autor: Ak’abal. Aunque su poesía es a veces reveladora de imágenes interesantes, la deuda de Humberto trasciende ese plano.

En primer lugar, es el responsable de haber hecho de la identidad un fetiche comercial. Al momento no sé qué pensar de la identidad cultural, pero si de algo estoy seguro es que no debería ser usada como un objeto de comercio, valorado, etcétera. Ak’abal se pintó en su espalda un rótulo que dice: “momosteco” y eso le dio la pauta para pensar que cualquier mediocridad es arte. Cualquier conjunto de palabras que salgan de su boca y aunque ni siquiera articulen una oración gramatical es celebrado y publicado por un aparato crítico que brilla por su ausencia y que se deja influenciar más por la “identidad cultural” que por la calidad estética.

Cierto. Leemos una traducción de algo que probablemente tenga un ritmo pausado y cadente, como el Rabinal Achi’ o algunos textos del Chilam Balam o el Popol Vuh, cuyo ritmo ocioso y lento se siente incluso en español. Pero no hablo de la calidad de la obra que pueda tener, sino de ese fenómeno editorial que manipula a la verborrea. Debo admitir que leí un par de obras suyas, y que, en su momento, hubo poemas que celebré por su acierto y su curiosa manera de reflejar los sonidos de la naturaleza.

Enoja además, y en general, la manipulación mediática que tienen obras –buenas o no– por sacar dinero de la empresa editorial (la palabra empresa lastima, pero es cierto). Si el escritor es bueno, es decir, se preocupa por leer y formarse, y escribir, y todo eso; la manipulación lo quema lo estampa hasta en pastas de dientes, para la cólera de los buenos lectores. Si es malo, da más cólera.

No puedo decir que sea bueno o malo, simplemente su verborrea comenzó a parecerse, desde hace mucho tiempo, a esa que es propia de los escritores esos escritores muertos que ya no alcanzan a distinguir entre un poema suyo y un anuncio publicitario. Lástima.